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PIÑERA Y LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD

Francisco Maturana, Cientista Político,  Miembro Co-Fundador de la Asociación Universitaria La Ecoaldea

Vivimos en tiempos de confusión e incertidumbre, especialmente cuando el Gobierno de Sebastián Piñera ha pasado de decir que el país estaba mejor preparado que Italia para enfrentar la pandemia, que el mundo entero se equivocó al suspender clases y de vender una “nueva normalidad”, a atragantarse con los más de 4.800 casos del último informe epidemiológico del Minsal, afirmando ahora que “la situación es compleja”.

Cómo sabemos, las decisiones políticas no son casuales sino causales, y fruto de las relaciones de poder que operan desde los cimientos de un Estado-Nación en el que es inconstitucional encarcelar a alguien por delitos económicos o de corrupción. El tránsito de la puesta en escena de la apertura de un Centro Comercial en la Comuna más rica del país, a las protestas por hambre al sur de la capital en las comunas más desfavorecidas no son hechos al azar, ni separados el uno del otro. Son meras consecuencias de una gestión nefasta en lo tecno-científico, por un lado, y de un engaño colectivo en lo comunicacional, por otro.

En 1966, los sociólogos Peter Berger y Thomas Luckmann publicaron una de las obras más influyentes de la historia para la sociología contemporánea, La Construcción Social de la Realidad. En ella, los autores sientan las bases de la teoría del construccionismo social y, entre otras cosas, plantean dos hipótesis muy claras: en primer lugar, que la realidad no responde a un orden preestablecido ni rígido, sino que se construye socialmente; y, en segundo lugar, que resulta imprescindible analizar los procesos que conducen a que esto suceda.

En este orden de ideas, el concepto de conocimiento es clave, entendiéndolo como el elemento indispensable para procesar lo que entendemos por realidad. Es decir, se trata de asumir el conocimiento como la información necesaria sobre las características de los fenómenos para entenderlos y asumirlos como parte de nuestra realidad.

Por ello, realidad y conocimiento constituyen, en la práctica, un solo ente, ya que es mediante la construcción de un cuerpo de conocimiento sobre determinado fenómeno que se le otorga el sentido para quedar establecido socialmente como realidad. En este aspecto emerge el éxito del Gobierno de Sebastián Piñera, y el fracaso del pueblo de Chile al que se la privado de todo conocimiento.

Desde los días del estallido social hemos asistido al gobierno del relato, en detrimento de la acción política sustantiva, la veracidad y los datos, modalidad que se ha acentuado desde el inicio de la pandemia.

Anunciar con la elocuencia chovinista de siempre que Chile estaba mejor preparado que Italia para afrontar el COVID19, junto a las palmaditas de “buen chico” recibidas tras una conversación con Trump (más de 1.600.000 casos y casi 100mil muertes hasta la fecha en EE. UU) debería generar una reflexión de mayor calado entre todos los actores políticos y sociales, particularmente entre las elites intelectuales y empresariales, que parecen inertes ante un gobierno cuya gestión está destruyendo a la gran mayoría del tejido productivo y laboral.

Por otra parte, la falta de transparencia y el ocultamiento de información por parte de Jaime Mañalich, Ministro de Salud repudiado por todo el espectro político, se han materializado en una gestión deliberadamente turbia de la crisis, con consecuencias graves que recién saltan a la luz. Escuchar al Intendente Guevara afirmar que el virus está contento por las protestas en El Bosque, aunado a las querellas, representa una vulneración grave a la dignidad de ese sector de la población que fue ignorado desde el inicio de la pandemia, y a la que ahora se pretende cargar la responsabilidad de lo que pueda pasar.

Y es que la gente no ha salido a protestar por necedad ni por manifestar un descontento político, sino por falta de alimentos para subsistir. Esto último, consecuencia directa de una gestión planificada para salvar a los de arriba olvidándose de los de abajo, de esos que cuando Las Condes estaba en cuarentena seguían hacinándose en el transporte público para ir a trabajar, víctimas de un desamparo absoluto.

En la contracara, La Ley de Protección del Empleo (otra elaboración discursiva, tratándose de una ley para salvar a las empresas sin importar su magnitud) va a conseguir que la tasa de desempleo se dispare a entre el 15% y 20%, al menos, lo cual en este país se traduce en hambre, aumento de la pobreza y de la delincuencia.

Los últimos movimientos con el Ingreso Familiar de Emergencia y el anuncio del reparto de cajas de alimentos, que seguimos sin saber exactamente cuándo y a quienes van a llegar, han sido la estocada final de un manejo político atroz. Al final, los miedos de Chilezuela se hacen realidad con el neoliberalismo, y es que Chilezuela siempre estuvo ahí, solo permanecía oculta en cómodas cuotas.

Más allá de la retórica triunfalista y la información excesivamente retocada por el Minsal, los datos no mienten. Lo cierto es que desde el 11 de marzo los casos no han dejado de aumentar de manera exponencial, a paso más lento al principio, hasta los más de 3.000 que van revelando los últimos informes. La explicación dada por el Ministro sobre el aumento repentino de casos de un día para otro, al supuestamente incluir los no sintomáticos, debiese acarrear algún tipo de accountability, ya que solo puede tratarse de una negligencia técnica que le invalidaría para el cargo, o de un caso evidente de ocultamiento de información.

Entonces, si los contagios nunca dejaron de aumentar significa que, a diferencia de lo informado públicamente, la curva no se estaba aplanando. Cuestión que tampoco resultaba difícil de predecir tomando en cuenta la evolución de los casos tras las medidas absurdas de cuarentena parcial que se abandonan y retoman en función de un criterio que se ha demostrado sobradamente ineficaz.

En política no vale todo, máxime cuando se ostentan responsabilidades de Gobierno durante una pandemia que ha puesto al mundo patas arriba. Más cuando lo que está en juego es la vida de la gente, la seguridad material de las familias y la reversión de avances sociales para volver a la pobreza, en un país donde se registran más de 17.772 personas en situación de calle según el Ministerio de Economía (2019).

Esta forma de manejo de la crisis, como todo en la vida, ha sido político, pero con un componente particular de desprecio hacia las mayorías sociales, que solo se puede explicar con el repliegue y alineamiento de los poderes fácticos para mantener intacto el statu quo. Tampoco es casualidad la operación mediática, con show en el Apumanque incluido, para hacer de Joaquín Lavín el próximo presidente de Chile.

Así pues, los de la “nueva normalidad”, los del “vayan a tomarse un cafecito con el amigo”, los que reclamaban a gritos la suspensión del plebiscito de octubre por seguridad, pero que se trasnochan por la apertura de los mall cuanto antes, son los únicos responsables del constructivismo deliberado, en el sentido de la construcción psicológica, de una realidad social que no ha permitido a la ciudadanía asumir con seguridad y certezas el desafío colectivo que representa afrontar la pandemia, más allá de la ausencia recurrente del Estado y lo público.

Si hay gente que aún no se cree lo del virus, o que sigue pensando que no es para tanto, o que quizá sabiendo el riesgo que significa para la salud se ve en la necesidad de salir a buscarse el pan, no se debe a otra cosa que a la carencia de conocimiento veraz para internalizar dicha realidad y afrontarla de la mejor manera posible en términos materiales, psicológicos y emocionales.

Lo material no siempre es tangible, y el discurso político es netamente material. Las puestas en escena, las alocuciones públicas, las redes sociales, no son ocurrencias sino dispositivos meticulosamente preparados para moldear la realidad en función del interés de quien mueve los hilos. Concebir que una cosa es el discurso y otra muy distinta son las “cosas como son”, es también discurso.

Nadie duda de la necesidad imperiosa de una postura de unidad nacional más allá de las familias políticas para superar esta coyuntura sin precedentes. Sin embargo, para que esa unidad sea efectiva y no un lavado de cara en la cocina de algún señor de apellido compuesto, es una obligación democrática y un paso necesario para empezar a corregir el interpelar constructivamente a los responsables de la situación que vivimos hoy en día.

 

AUTOR

 

Francisco Maturana, Cientista Político,  Miembro Co-Fundador de la Asociación Universitaria La Ecoaldea, con sede en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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Escrito por Francisco Maturana